De cómo Simbad descubrió la “Isla Meteorológica”.

“No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras….¡Pero cuanto voy a contarte a ti y a todos mis honorables invitados, no me sucedió, en suma, más porque el destino lo había dispuesto de antemano y porque toda cosa escrita debe acaecer, sin que sea posible rehuirla o evitarla!” Simbad el Marino.

Pues sí, queridos lectores, dije que contaría cosas sobre mí y aquí va algo, sobre cómo llegué a este lugar paradisíaco que es el Instituto de Meteorología. Llegué por primera vez (a trabajar) al Centro Meteorológico de Camaguey un 13 de noviembre, de 1981…

Llegué a Meteorología en 1981 por cuestiones puramente fortuitas.

Habiéndome graduado en el Instituto de Ingenieros de Transporte de Moscú (los rusos invariablemente le agregaban Orden Lenin y Orden Bandera Roja del Trabajo), en la especialidad de Automática, Telemecánica y Comunicaciones (dicho así sonaba como una especialidad de perfil muy amplio) y en la subespecialidad de Señalización, Centralización de Agujas en las Centrales, y Bloqueo de Vías Férreas para el Transporte Ferroviario, (ya dicho el nombre de la subespecialidad, se nota que era de un perfil sumamente estrecho), me encontré en mi ciudad natal, Camagüey, donde los Ferrocarriles al parecer distaban mucho de necesitar a alguien de esta especialidad, pues las agujas eran cambiadas “a mano” por los retranqueros, y las vías férreas no se bloqueaban automáticamente… ni de ninguna otra forma, y de las comunicaciones mejor ni hablar. Al cabo de tantos años, no creo que la situación haya cambiado mucho en este campo.

Visto el panorama laboral, decidí buscar por otra parte, ofreciéndome como ingeniero eléctrico (aquí en Cuba suelen decir ingeniero electricista, sin embargo no dicen mecanicista a los mecánicos, ni quimicistas a los químicos). Donde primero se me ocurrió buscar trabajo fue en la Universidad de Camagüey, pero me dijeron que no necesitaban a nadie más con ese perfil, pues acababa de entrar otro ingeniero, quien por cierto también había estado buscando trabajo en Meteorología y finalmente no se decidió porque le vio pocas perspectivas (bueno, la vida es así de pintoresca, a veces dónde alguien ve dificultades otro ve oportunidades). Entonces le pedí a mi mamá, a la sazón Jefa de Cuadros del DATINSAC Camagüey, que me averiguara dónde podrían necesitar un ingeniero eléctrico, así a secas, ocultando el apellido de la especialidad; pero le pedí que preferiblemente averiguara en la Academia de Ciencias.

La idea un poco etérea de la Academia de Ciencias, se la debía en gran parte al genial escritor Julio Verne y sus estrafalarios personajes científicos. En realidad yo no tenía la menor idea de a qué se dedicaba la Academia de Ciencias; pero habiéndome graduado con cinco puntos de promedio (sí, hasta en los “Recesos” cogí cinco puntos), y habiendo obtenido una patente en la URSS, y algunas publicaciones, me hacían creerme un candidato favorable para trabajar en la Academia de Ciencias. En aquel entonces (estuve cinco años fuera de Cuba, y por tanto un poco desorientado en cuanto a la realidad nacional), yo soñaba con algo así como la construcción de equipamiento electrónico, tal vez para equipos médicos (algo había leído sobre los logros de Cuba en ese campo, pero no sabía exactamente quién se dedicaba a eso).

El resultado de la búsqueda de mi energética mamá no se hizo esperar. Me encontraba en La Habana a principios de septiembre para despedir a mi esposa que partía a su último año en la URSS, cuando me llamó (mi mamá, no mi esposa) para decirme que regresara urgentemente, que la Academia de Ciencias en Camagüey necesitaba justamente un ingeniero eléctrico. Aquello me sonó muy bien: “Academia de Ciencias”, “Ingeniero Eléctrico”, ese era yo. De inmediato llamé a mi gran amigo habanero, Santiago Orosa, también graduado de la misma especialidad, y ya muy bien ubicado en el Departamento de Electrónica del Instituto de Investigaciones del Transporte (lo máximo para un ingeniero de nuestra especialidad), para comunicarle la buena nueva acerca de mi propuesta de trabajo. Para mi sorpresa Santiago me dijo que él sabía para qué querían a un ingeniero allí en Camagüey, y sin darme tiempo a respirar me dijo que era para atender un nuevo radar meteorológico ruso. Aquello me echó un cubo de agua fría. Nosotros habíamos recibido una electrónica muy elemental en un solo semestre, y ni Santiago ni yo teníamos la menor idea de lo que era un radar. Cautelosamente le pregunté que cómo sabía eso, y me contestó que su vecino, patio-con-patio en Guanabacoa, Chuchy, se lo había dicho. –Bueno, y ¿cómo sabe Chuchy eso?, indagué, y me dijo: –ah, pues casualmente, Chuchy, a quien otros le llaman Dr. Jesús González Montoto, es el Director del Instituto de Meteorología– Así de pequeño es el mundo.

Meteorología no era la Isla apacible y maravillosa que yo esperaba, era una ballena, pero a diferencia de Simbad, yo aprendí a mantenerme en el lomo de esta ballena. Aclaré al principio que llegué en 1981 por primera vez…a trabajar, porque estuve allí como en cuarto o quinto grado en una excursión de los pioneros, y si algo me quedó claro aquel día fue que “allí nunca habría de trabajar, me pareció horrible”….ya se los decía amables lectores, la vida es pintoresca, donde uno a una edad ve dificultades, uno mismo a otra edad ve oportunidades.

Uno que busca las cumbres pasa las noches en vela. Según el esfuerzo, se llega a las cimas. Quien busca las perlas debe bucear en el mar. Quien quiere subir sin fatiga malgasta la vida en busca de lo imposible. “Simbad el Marino”, Las mil y una noches.

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Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
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