De cómo conocí al So-Shijan Hoshu Ikeda

De chiquito vi muchas películas de samurais. Toshiro Mifune en sus múltiples papeles, y Shintaro Katsu, el esgrimista ciego y experto en ajedrez, llenaron mi mente fantasiosa, por tanto no es extraña mi afición a las artes marciales. Pero no es de eso de lo que quiero hablar, mis muy amables lectores. Quiero contarles cómo conocí a uno de los grandes karatecas del mundo, al So-Shijan (eso quiere decir más o menos como gran entrenador supremo) Hoshu Ikeda, en uno de mis numerosos viajes por el mundo.

Resulta que yo regresaba de la Unión Soviética, creo que fue en diciembre de 1989, cuando ya casi no era Unión, y ya casi no podían dar consejos a nadie (la palabra Soviet, significa Consejo, como Consejo de Dirección, Consejo Científico).

El Gran Maestro Ikeda era una figura conocida por mi (de oidas claro). Mi padre, oficial del MININT, había participado a finales de los 60 o principios de los 70, en una demostración del maestro japonés, y era de ese tipo de demostraciones que dejan a todos pasmados, y yo me había quedado pasmado de segunda mano por los cuentos de mi papá.

Pues como les decía, regresaba de…bueno, de Moscú. Era un IL-62, que en sus tiempos fue el avión insignia de la flota aérea soviética, pero que por aquella época ya había sido destronado por el súper IL-86, pero a mí me tocaba viajar en el IL-62. Era un avión de Cubana de Aviación. Ya estábamos sentados a bordo, el avión intentó arrancar y volvió a tocar pista. Nos bajaron, y ya dentro del aeropuerto el piloto se reunió con nosotros, los pasajeros, y dijo así –Estimados pasajeros, quiero que todas las pertenencias que Ustedes llevan consigo, las pasen por las pesas…tranquilos, no les vamos a cobrar sobrepeso, no tendrán que dejar nada, pero…intenté despegar ateniendome a la carga que hay en las bodegas…y el avión parece mucho más pesado, no me cabe dudas que ustedes llevan arriba el doble o el triple de lo que llevan abajo– Me pareció exagerado de parte del piloto, yo particularmente solo traía una sartén grande de hierro (no de los de hoy día que se doblan de mirarlos), un tornillo de banco, una llave stealson, 10 navajas de electricistas (sí amables lectores, en aquella época nadie pensaba que yo fuera a asaltar el avión, era de regalo para mis compañeros de trabajo), 6 libros gruesos, y otras menudencias como un llavín de puerta, 4 bisagras de las grandes, dos cajas de tornillos, y un martillo…bueno, en fin, no los aturdiré con mis miscelaneas, solo quería demostrarles que el piloto fue un poco exagerado. Peor era uno que traia un tubo de escape de Moskvich, y el otro que traia encima el diferencial de un Lada, que no se cómo habían logrado pasarlos camuflados en el paletó (el grueso abrigo de invierno que los rusos tienen  la mala costumbre de usar y que uno está obligado a llevar por cortesía…con el invierno). El caso es que muy felices nos montamos de nuevo, el avión rugió con sus potentes motores y despegó con el triple de la carga que se suponía inicialmente que llevaba, según supimos después por los amables azafatos (humm, creo que tiene otro nombre pero no recuerdo) y las bellas azafatas.

Pero antes de despegar debo anotar otro detalle. En el avión quedaban dos asientos libres, y la inciativa de los cubanos no se hizo esperar, todos nos libramos de los pesados paletós, y los soltamos en uno de los asientos libres, que ya bastante estrechos nos quedaban los asientos para llevar todo lo que uno traía consigo. Me recuerdo de un pasajero que traía una especie de maletica que no cabía en los compartimientos de arriba y tuvo que ponerla en el asiento y sentarse encima de ella y el cinturón de seguridad casi no le alcanzaba para ajustar al hombre-sobre-maleta. El del diferencial de Lada lo traia a sus pies, por tanto él y su compañero de al lado iban con los pies encima del diferencial, y las rodillas les llegaban casi a la cara, pero bueno, dicen que esa es la posición que hay que adoptar si el avión tiene que hacer un aterrizaje forzoso, así que ¿por qué no practicarlo un poquito? Total 18 horas pasan volando…literalmente.

Ya casi para despegar entra un caballero japonés que aparentaba unos 35 años (y ahora leyendome su biografía sé que tenía 47 en ese momento), a buscar su asiento, que eran dos, pues había tratado de comprar uno en primera clase y como no había disponibilidad, entonces le vendieron dos asientos para que fuera más cómodo. Como eso era justo delante de mi asiento, escuché la conversación de la aeromoza. El japonés miró los paletós, pero no cogió mucha lucha, puso carita de risa muy japonesa y se acostó a dormir sobre ellos.

Bueno, en un vuelo largo uno permanece un rato sentado, duerme un poquito para reparar las energías, pero en un par de horas se te acaba el sueño, y comienza el gran aburrimiento, la gente se para, se pone a conversar de lo humano y lo divino. En aquella época los azafatos y azafatas de Cubana de Aviación no eran tacaños como los de hoy en día. Un azafato (sí ya sé que eso tiene otro nombre, pero ahora no me acuerdo) salió y dijo amablemente– No voy a bajar con cajas de cervezas llenas, así que se las toman por las buenas o se las echo por la cabeza– Al principio era fácil pero después de la cuarta cerveza la cola para los baños era larga.

En fin, hacíamos dos cosas que los cubanos sabemos hacer muy bien: conversar y tomar cerveza. Héte aquí estimado lector que uno de los pasajeros del fondo, vino a parar por la zona donde yo estaba, vio al japonés, y con la misma comenzó a hablar con él (en inglés, porque el japonés no sabía hablar en cubano, ni el cubano en japonés). El tipo (el cubano del fondo) había trabajado en la Flota Pesquera, y el japonés, (que no era otro que el gran Ikeda, como se habrán dado cuenta mis sagaces lectores) le había dado clases de kárate hacía ya unos cuantos años (la práctica del kárate en Cuba comenzó por la Flota Pesquera). Por supuesto, Ikeda, amablemente japonés, no se acordaba, pero igual sonreía muy reposado sobre los paletós. Bueno, fue una conversacioncita breve, que la mayoría de nosotros no entendió. A mí, que he tenido centenares de alumnos en mis largos años de docencia me pasa lo mismo, siempre aparece algún discípulo que uno no recuerda.

Cuando bajamos al aeropuerto de Gander, donde uno tiene que pasarse una hora, el socio del fondo contó quien era el personaje, y narró con lujo de detalles (y hasta con detalles de su propia cosecha supongo yo), las habilidades increíbles del Gran Maestro Ikeda. El resto escuchábamos perplejos cómo Ikeda había cortado de un solo tajo de una katana, una cabilla de hierro suspendida en el aire sobre dos leves tiritas de papel cebolla. Pueden mis lecotres objetar que tal vez no era una cabilla, sino una vara de bambú, y que tal vez la suspensión no era sobre tiritas de papel cebolla, pero no quiero ponerme a discutir los detalles, que a fin de cuentas eso no le resta méritos al Sensei Ikeda, y en las películas de samurais se veían cosas más inverosímiles, además mi papá me había contado historias similares e incluso más increíbles.

Mientras tanto Ikeda se paseaba por la sala de espera. Vestía una camisa de seda roja, un pantalón blanco más bien estilo acampanado, usaba un cinto grueso, y calzaba algo parecido a unos botines de cowboy (digo parecido porque el pantalón acampanado dejaba ver solamente la parte baja de tacón “Joligu” (asi le decían cuando yo estaba en la secundaria), y puntas estrechas y cuadradas. En los tacones usaba “herraduras” por tanto sus pasos rítmicos y atléticos podían oirse por todo el salón. Caminaba como una mezcla de japonés con guaposo, con las manos detrás y sonreía a todos. Como se movía por todo el salón, a cada uno de nosotros nos propinó 23 sonrisas como promedio. Llamo la atención de mis atentos lectores sobre la vestimenta del gran Ikeda porque eso tendrá una importancia relevante en lo que viene a continuación.

En aquella época, aún no se usaba la manga esa que hay ahora en todas partes y que te lleva desde la puerta del avión hasta la terminal a una temperatura confortable. El avión había parqueado a unos 100 metros del edificio de la terminal. Todos habíamos puestos nuestros paletós, ya no por cortesía con los rusos, sino porque cualquiera se cagaba del frío. Había -15 grados y un viento cortante. Dije todos menos Ikeda, que atravesó la distancia a buen paso, pero sin correr, así, en su camisita de seda roja…y nada más encima, así se había montado en el avión.

A la vuelta al avión, yo fui de los últimos en regresar, delante de mi iba Ikeda. Cuando ya casi el Sensei estaba en la escalerilla del avión, la cola (no la del avión, sino la de nosotros, los entrantes) se detuvo, el oficial que contaba a las personas que subían, paró la cola (de la gente subiendo), algo no coincidía, y nosotros allí, a -15 grados Celcius, y con un viento que hacía que el paletó pareciera de una fina seda, o sea que nos ponía en igualdad de condiciones con Ikeda. Ikeda se tocaba con el puño la columna en la zona lumbar. Años después, cuando comencé a aficionarme a la acupuntura aprendí lo que hacía, pero en aquel momento pensé que preparaba el puño pa destimbalar al tipo que paró la cola. No fue mucho rato, como en 5 minutos se destrabó la cosa y entramos, Ikeda sobrevivió para bien de la escuela de estilo Jyoshimon, de la cual es su máximo exponente, pero juro que en unos minutos más, el Dojo de Ikeda lo habría recibido hecho un bloque de hielo a pesar de la acupuntura que se estaba dando. Demás está decir que ya cuando regresamos al avión no hubo más paletós en el asiento de Ikeda…

Bueno, pues sí, tengo mi “trauma”, vi demasiadas películas de samurais, me aficioné a las katanas, a las artes marciales, a la acupuntura, y hasta soy capaz (lo crean mis excépticos lectores o no) de picar en dos, limpiamente, una frutabomba con mi katana. Si bien nada de eso me ha servido con fines marciales (es decir para defenderme por la calle), al menos ha servido para mejorar mi kung fu en los radares. Sí, miren la definición de kung fu de la Wikipedia:

“… el término kung-fu, se define como una habilidad adquirida a través del tiempo, con esfuerzo, dedicación y continuidad. Por este motivo, no es exclusivo de las artes marciales, sino de cualquier actividad que se realice procurando hacerlo de la mejor manera posible.”

Y eso hago, procuro dedicarme a los radares de la mejor manera posible, aunque no sepa nada ni de kárate ni de artes marciales.  Los dejo con unas fotos de mis katanas, y me despido hasta la próxima. Los quiere su Tío Mat el Viajero.

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Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
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Una respuesta a De cómo conocí al So-Shijan Hoshu Ikeda

  1. dalila6 dijo:

    me gustó, excepto por lo de la frutabomba, eso me dio miedo. Besitos

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