La relatividad del tiempo

einstein biciHay días en que me despierto un poco filosófico y me pongo a pensar en cosas profundas como el subsuelo, las Minas de Matahambre o las cuevas de Bellamar. Hay otros días sin embargo en que simplemente me despierto. En cualquiera de los dos casos lo primero es la gimnasia (sí, soy un ex gimnasta, y hasta tuve mis récords, luego le contaré más sobre eso a mis incrédulos lectores). Bueno, les decía que lo primero es la gimnasia, es decir hago una “L” para convencerme a Mimismo que aún estoy en forma como a los 23 años.

tetrisBah, ya sé que no me van a creer pero les juro que lo hago, sí…elevo los brazos en dirección al techo mientras permanezco acostado, completamente horizontal y hasta me sostengo en esa posición un rato (¿qué? ¿Acaso mi amable lector nunca ha jugado Tetris? Si se le da una vuelta de 90 grados ya es una “L”, que todo en la vida es relativo).

gymnastics-89614_640En fin, retornando a lo de los récords les diré que el Palacio del Deporte de mi querido “Instituto-de-Ingenieros-del-Transporte-de-Moscú-Orden-Lenin-y-Orden-Bandera-Roja-del-Trabajo” tiene un Salón de la Fama. Entre otros ases del deporte, allí había gimnastas campeones mundiales y olímpicos, que fueron toda una inspiración para mí. En esa distinguida colección logró colarse este humilde escribidor, hijo del Camagüey Legendario, y no con un récord, sino con varios. Resulta que logré el mayor número de caídas en un aparato un solo día, la mayor cantidad de caídas totales para una clase de 1 hora, la mayor cantidad de metros recorridos en una sola caída…por modestia no debo seguir hablando de Mimismo, que después mis lectores van a decir que soy vanidoso (como la Cucarachita Martina), y no es así, muy duro que tuve que recorrer con mis narices cada palmo del tapiz para lograrlo. Y para que vea mi incrédulo lector que aún estoy en forma (claro lo de hacer la “L” por las mañanas me ayuda un mundo), le contaré que para fin de año del 2012, le hice una demostración acrobática a mis hijos y logré limpiamente volver a romperme la nariz como en los viejos tiempos, que lo que bien se aprende…jamás su tronco endereza.
einstein%20pensandoPero no es de nada de esto que quería hablarles, como siempre me entretengo y dejo camino por vereda. Quería comentarles de lo relativo que es el tiempo, si ya lo decía Einstein: más vale perder un minuto en la vida que la vida en un minuto. Perdón, esa no es la frase, me confundo, era algo más científico, ah, ya recuerdo, Einstein dijo — “Cuando cortejas a una bella muchacha, una hora parece un segundo. Pero te sientas sobre carbón al rojo vivo, un segundo parecerá una hora. Eso es relatividad”.
Varias veces en la vida me ha sucedido que tal parece que el tiempo se detiene y avanza muy lentamente para darnos tiempo (y valga la redundancia) a ejecutar una acción que decide la vida o la muerte. Para un observador externo la cosa sucede en un instante fugaz, pero uno la vive en cámara lenta. Es como las películas de artes marciales, que la acción uno la ve y ni distingue los golpes, luego se la ponen en cámara lenta y es que uno ve qué fue lo que sucedió.
nino-escapa-cuna-youtubeLa primera vez que recuerdo los hechos nítidamente (hubo otras anteriores, como cuando me arrolló una moto, pero no recuerdo bien los detalles) mi hijo tenía un año y escasos 2-3 meses. Él estaba de pie en su cuna sacudiendo la baranda y jodiendo a más no poder (costumbre que no ha perdido aún a sus 29 años, lo de joder digo, no lo de sacudir la baranda que ya lo dejo dormir en cama normal, sin barandas), en lo que yo leía un libro sentado en un balance de cuerdas de nylon a 3 metros de la cuna. Yo estaba tranquilo porque siempre tenía bien amarrada la baranda por las dos puntas con pañales, de modo que para bajarla había que zafar los amarres. Este fue uno de los casos de los que aprendí que en la vida suceden las cosas improbables y hasta las imposibles. Por eso ninguna cosa con cartelito de imposible me detiene. El caso es que se zafaron los DOS amarres, y la baranda empezó a bajar y mi cerebro a trabajar a una velocidad asombrosa, calculando mi velocidad en el salto que di, y la velocidad de caída de mi hijo, veía mis brazos avanzando hacia adelante y la cabeza de mi hijo hacia el piso, a la vez ponderaba las consecuencias de la caída, la posible rotura del cuello y la columna, y nuevamente volvía a calcular mi velocidad y pensaba en lo bueno que hubiera sido un poco más de fuerza en el empuje cuando salté hacia adelante, y volví a calcular el peso de él, y la cabrona aceleración de la gravedad de 9.8 m/s2, y que si era 9.8 o 9.81 y algo más, pero que me convendría que fuera menos y de nuevo volvía a calcular la distancia de mis brazos a su cabeza, y la de su cabeza hasta el piso. Finalmente lo atrapé por los hombros cuando la cabeza estaba a 0.234 mm del piso (bueno, exigente lector, del dato exacto no me acuerdo muy bien, pudo haber sido 0.235 mm). ¡Joder!, me pasé media hora sentado en el piso con él en mis brazos sin poder moverme (ni él tampoco, que entendió muy bien que la trastada pudo haberle salido cara). Fue un esfuerzo titánico, no pude haberle agregado ni un Newton más de fuerza a mi despegue porque había usado TODA mi energía, hasta la de reserva, la adrenalina se encargó de eso.
bicicayendoLa segunda que recuerdo nítidamente fue menos trágica, menos de vida o muerte, digamos que más suave, a pesar de que salí golpeado. Ocurrió unos meses antes de la visita del Papa Juan Pablo II a Camagüey (que Dios lo tenga en la Gloria, ahora que lo canonizaron) . Mi esposa escribía su tesis de doctorado, para eso se quedaba hasta tarde en la Universidad y ese día yo iba a llevarle algo de comida (algo así como Caperucita, aunque en realidad si somos sinceros yo me parezco más al Lobo, por lo feo quiero decir, porque en realidad yo soy tan bueno como Caperucita). Ya era de noche y yo iba en bicicleta. Fue en el tramo entre la carretera del Pedagógico y la Universidad, que ya hoy cuenta con una acera, pero que dicha acera estaba en construcción, o para decirlo mejor era una zanja profunda a la derecha de la carretera (como el cuento del Patito Feo, que luego se convirtió en un hermoso Cisne, aquella profunda y fangosa zanja se convirtió en la bella acera que tenemos hoy).
Yo iba bien, a pesar de la oscuridad iba manteniéndome paralelo a la zanja. Pasaron varios carros de frente a mí, y parece que las luces cegaron a la zanja, porque de pronto, mientras yo seguía avanzando PARALELO a ella, noto que la rueda delantera de la bicicleta cae en un profundo abismo, y que el manubrio se empeñaba en seguirla (a la goma) y yo tratando de disuadirlos, que ¿qué hacen ustedes?, ¿a dónde van?, la cosa es seguir al mismo nivel, pero ni gota de caso, seguían cada vez más hacia abajo. El tiempo marchaba tan lentamente que hasta me dio tiempo a pensar ¿y quién coño habrá abierto un hueco aquí TRANSVERSAL en la carretera, de lado a lado, así iba yo filosofando sobre lo desatinados que son los constructores y lo inútil de abrir un hueco así en la Carretera de la Circunvalación, casi llegando a la Universidad, pero tuve que abandonar estos pensamientos para tomar la decisión de si seguir al terco manubrio y la no menos terca goma que caían en un profundo vacío, o si abandonarlos a su suerte y ocuparme yo de otras cosas, y en eso estaba cuando tomé la decisión, ya muy cercano al aterrizaje, de lanzarme en paracaídas, pero entonces recordé que en la mochila no traía ningún paracaídas, sino un pozuelo con comida. Ya a punto de aterrizar recordé mis tiempos de gimnasta, abandoné el manubrio a su suerte, puse la manos y giré (a Aleksandr Aleksandrovich, mi maestro, le hubiese encantado mi ejecución impecable, con las piernas rectas, la barbilla pegada al pecho, los brazos flexionando y empujando al piso…). Debí haber caído de pie, pero el terreno no era plano, sino que había interceptado con los pies la pared opuesta de la zanja, por lo que me quedé cómodamente acostado. Fue entonces que pude dedicarle un pensamiento a mis espejuelos, que me los había mandado mi tía Zeidita “del Norte”, cuando fue allá mi tía Eleana (ambas hermanas de mi mamá) y me dije –coño, si se me rompen los espejuelos estoy jodido, solo me iba a quedar el par de medias que me había mandado Tía Zeidita, pero el par de medias –pensé yo en medio de esa situación—no me iba a servir de mucho para ver de lejos. Me llevé una mano para verificar el estado de los espejuelos, cuando comprendí que las sorpresas no habían terminado: sentí un ruido, más por instinto que por otra cosa crucé los brazos para proteger los espejuelos (y la cara de paso), y sentí un duro golpe de algo que me caía arriba y que era ni más ni menos que…la bicicleta (sé que el lector estará tan sorprendido como yo, y como lo estaría cualquiera si va a un restaurante estatal y la cerveza está fría). Pues sí, era la bicicleta, la muy cabrona había decidido hacerme compañía en la zanja. La empujé violentamente porque no me gusta ese tipo de juegos, y sentí que ella cayó por un lado, y luego se hizo silencio. Sé que fui un poco brusco, pero a veces esas cosas me alteran, aunque enseguida me arrepiento.
La posición de acostado en la zanja, con la cabeza en el fondo y los pies en la ladera opuesta, bien mirado, era bastante cómoda, dicen que eso es bueno cuando uno tiene problemas de los riñones. Entonces recapacité y dije para mí –pero si yo nunca he tenido problemas de los riñones—y decidí seguir en lo que estaba, así que me puse de pie, pero no recordaba bien en qué yo estaba. En eso me acordé que estaba en lo de verificar los espejuelos en el momento en que la empalagosa bicicleta me vino arriba. Revisé cuidadosamente los espejuelos y para mi gran beneplácito estaban enteros, es verdad que no pude verificar si el “photo gray” se había jodido porque era de noche, pero pensé que eso podría dejarlo para el otro día. Decidí pues ajustar cuentas con la bicicleta (que después ya me encargaría de hacerlo con los constructores que atravesaron la zanja en la carretera). La bicicleta yacía en el fondo de la zanja, la tuve que ayudar a salir (sí, porque a entrar no tuve que ayudarla). El manubrio estaba todo viroteado; pero le dije que se lo merecía por seguir a la goma en una idea tan peregrina. Me sacudí un poco el fango y la sangre de los machucones, y seguí hacia la Universidad (claro con la bicicleta de la mano).
biciYa ven mis nunca bien ponderados lectores que el tiempo se estira y se encoge, bien lo decía Einstein: si estás en una reunión el tiempo no pasa, pero si estás con una jevita que te gusta, dos años parecen un minuto, y como también dicen por ahí: hay más tiempo que vida. En fin…al mal tiempo, buena cara.
Postdata: parece que alguien le dijo a los constructores lo bravo que yo me había puesto porque la zanja de lado a lado de la carretera no apareció nunca, la taparon esa misma noche y al otro día ni rastro, solo la zanja paralela a la carretera que después se convirtió en Caperucita, perdón en Cisne, perdón…en acera, que ya ni sé lo que digo. Los espejuelos y el photo gray siguen viviendo felizmente, también el par de medias, nos vemos muy de cuando en cuando porque ya no los necesito (a los espejuelos) y andan por una gaveta empolvándose (como la Cucarachita Martina). Coño, que me ha dado hoy por lo de los cuentos infantiles.

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Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
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3 respuestas a La relatividad del tiempo

  1. GLORIA dijo:

    Jajaja eso.te.quedo.espectacular….bien bueno, quien te.hubiese.visto.

  2. Amaury Maximo Cid dijo:

    Aparte de sus meritos en su trabajo, tambien es bueno en el relato. De verdad. Un verdadero Onelio Jorge Cardoso. Gracias por hacernos la vida mas placentera.

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