Los «monstruos» que ya no están: Diego

Ya son pocos los que quedan en el Sistema Nacional de Vigilancia Meteorológica por Radar (y en general en el Instituto de Meteorología) que conocieron al monstruo Diego. Yo creo que ninguno de mis ingenieros principales (con excepción de Maroto), conoció a Diego. Quiero decir que no lo conocieron personalmente, porque sobre Diego yo les hablo a cada rato. Yo me precio de haber sido su amigo y compañero durante unos cuantos años. Pero bueno, hablo y hablo y aún no se los presento. Hoy estoy recordando al Ingeniero Principal de Radar en el Instituto de Meteorología de Cuba, Diego Diéguez. Sí, Diego “se nos fue”, no para el extranjero, Diego falleció el 11 de marzo de 1997, tras un largo padecimiento de leucemia. Este 13 de octubre de 2018, Diego cumpliría 70 años. Había nacido en Santiago de Cuba en 1948. En las reuniones nacionales de la actividad de los radares meteorológicos, al comenzar, guardamos un minuto de silencio en su memoria.

El monstruo Diego fue el antecesor directo del monstruo Leonardo como Ingeniero Principal de los radares meteorológicos; pero entre ellos hubo un vacío de unos cuantos años. No todos los días aparece una personalidad como ellos. A mi entender, en materia de radares meteorológicos, por la huella dejada, hemos tenido una tril    ogía de Ingenieros Principales: Larragoiti-Diego-Leonardo.

Cuando yo entré al Instituto de Meteorología en 1981 la estructura era la siguiente. Como jefe de toda la actividad de radares al más alto nivel estaba el ingeniero Orlando Núñez Russis (que en esos momentos estaba en el proceso de hacerse doctor en Ciencias Técnicas), vicedirector técnico del Instituto de Meteorología (cargo que hoy se llama Director de Sistemas Básicos y ocupa el Licenciado Abel Centella Artola). Por encima de él (de Núñez) estaba el director del Instituto de Meteorología que en aquel entonces era el Dr. Jesús González Montoto (cargo que hoy se llama Director General y ocupa el Dr. Celso Pazos Alberdi). Núñez había creado una estructura que a mí me pareció ambigua en aquel momento y que tardé varios años en entender. En la línea directa de dirección existía un departamento de Electrónica y además un grupo, llamado de Equipos. En el departamento estaban todos los técnicos de nivel medio que atendían los radares, las comunicaciones, los equipos de radio-facsímil y los receptores de imágenes satelitales. El departamento (que era la estructura más importante por debajo de un vicedirector) lo dirigía el monstruo Gerardo Olano. El grupo de Equipos lo dirigía el ingeniero Aguiar, y contaba con un solo subordinado: Diego, que en aquel entonces no era ingeniero aún (no supe si hubo alguien más en ese grupo). Dicen que antes había existido un Departamento llamado de Radares y Satélite.

Con edad de servicio militar, es decir muy joven aún (debe haber sido en 1964-1966), Diego había ido a estudiar a la Unión Soviética en una Escuela Técnica Militar (Военное Техничесткое Училищие en ruso). Esa institución daba un título ambiguo, no existente en Cuba y por tanto no convalidable: Ingeniero de Tercera Clase (Инженер Третьего Класа en ruso). Curiosamente tuve oportunidad de trabajar con otro graduado de esa misma escuela, Juan Manuel Gallegos, en Camagüey y he tratado además con el profesor de la Universidad de Camagüey Gilberto Cabrera, proveniente también de esa institución. Puedo dar fe que la formación técnica de ellos era muy sólida, aún mucho antes que obtuvieran sus respectivos títulos de ingenieros por el sistema de educación superior de Cuba.

No sé cómo llegó Diego al Instituto de Meteorología. Sé que provenía de alguno de los centros militares vinculados con los radares en La Habana (tal vez alguien que sepa ponga un comentario en el blog). Sé que se graduó de ingeniero en Telecomunicaciones en la CUJAE con excelentes calificaciones, pero no recuerdo el año, debe haber sido por 1982-1983. Sé que en 1973 ya trabajaba en el Instituto de Meteorología cuando se montaron los radares japoneses RC-32B en La Bajada, Punta del Este y Gran Piedra y participó en los montajes de cada uno de ellos.

Hasta 1985 Diego y yo no tuvimos mucha interacción. Él había ido a Camagüey con Aguiar varias veces para ver el MRL-5, instalado en los predios del Centro Meteorológico de Camagüey desde 1981. Ya discutíamos desde entonces, pero no fue hasta 1985 que nuestras discusiones (técnicas, que como personas siempre nos llevamos muy bien) se volvieran antológicas. Básicamente “jugábamos” apasionadamente el match “RC-32B versus MRL-5”. Circuito a circuito despeluzábamos ambos radares para ver cuál era mejor en cada aspecto, y hasta hacíamos mediciones y pruebas para demostrar los respectivos puntos de vista. En 1985 ambos fuimos a un entrenamiento en Nalchik, República Ka-

Explicando MOSFET a Maroto y a Aldo en Nalchik

bardino-Balkaria, en el Centro Antigranizo del Instituto Geofísico de la Alta Montaña, bajo la dirección del Profesor Magomed T. Abshaev. Fueron cuatro excelentes meses para nuestra formación como ingenieros. A mí y a Diego nos pusieron en un grupo aparte que los rusos llamaron “Ingenieros Principales” y nos dieron entrenamiento diferenciado. Nosotros, por nuestra parte, contribuíamos al entrenamiento de los otros, y en las tardes le dábamos clases complementarias de diferentes materias a nuestros colegas.

Al morir de un infarto el ingeniero Aguiar, a principios de los 80, Diego se quedó solo al frente de la actividad de los radares meteorológicos en Cuba. Nunca leí (tal vez no existía un documento) cómo estaban distribuidas las funciones entre el Grupo de Equipos y el Departamento de Electrónica. A lo que yo pude entender, el Departamento se encargaba de los mantenimientos (que en aquella época se hacían exhaustivos y se despedazaban los radares durante 15-30 días). Por otra parte el Grupo de Radar se encargaba de hacer los pedidos de las piezas de repuesto y de todo tipo de gestiones logísticas externas al Instituto de Meteorología, y en general, de los asuntos estratégicos. Los mantenimientos y las reparaciones casi siempre se hacían compartidos, aunque eran organizados y dirigidos por el Departamento. Creo que fue en 1987 que Olano, el jefe del Departamento de Electrónica se fue del INSMET, y ya toda la responsabilidad de los radares recayó en Diego.

Hablemos de Diego como persona. Diego era una bella persona en todos los sentidos. Siempre amable y muy buen compañero. El ingeniero Pablo de Varona me comentaba en aquellos tiempos, que viajar con Diego era una aventura segura. Diego llevaba zapatos negros—me comentaba Varona—pero además de llevar cepillo y betún negro, igual llevaba betún carmelita, por si alguien lo necesitaba. Llevaba un peine y un cepillo nuevos, por si a alguien se le quedaba, otro cinto por si algún descuidado salía sin él de su casa. En fin, Diego viajaba preparado para cualquier contingencia, suya y de sus compañeros de viaje. Nunca tenía prisas, salía para los radares solo con fecha fija de ida, y regresaba cuando hubiera terminado de forma completa todo lo que iba a hacer (la misma característica que tiene Leonardo). Enseñaba de buen grado todo lo que sabía y gustaba de ese magisterio.

Diego era un favorito de las mujeres. Siendo un hombre físicamente atractivo para el sexo femenino, le añadía a esa cualidad la de ser muy amable, caballeroso y dulce en el trato con las mujeres. Muy culto, era un conversador excelente, sabía escuchar y sabía mantener el hilo de la conversación sugiriendo temas de interés general para cualquier auditorio, especialmente tenía gran encanto para las mujeres.

Diego cantaba, y tenía tan buena voz que tal parecía que había escogido mal la profesión. Además de cantar se acompañaba con la guitarra y con gusto tocaba y cantaba en cualquier escenario y delante de cualquier público. Era un hombre, “que vivió y disfrutó todo lo que pudo pues era muy inteligente, alegre y cariñoso, además de trabajador” —según palabras de su viuda, la “china” Fina—“y los radares eran como sus hijos, y eran una prioridad en su vida”—me comentaba ella en una carta.

Recuerdo que una vez me hallaba yo en una dilatada reunión en el teatro del segundo piso del edificio principal de Casa Blanca. Eran casi las 6 de la tarde y Diego bajaba del radar para ir al comedor porque estaba esa noche de guardia. Pasó delante de mí y de una compañera, que estábamos cerca de la puerta y nos saludó. Ella hizo un gesto de tedio y dijo algo indicando que “hacía hambre”. Al volver del comedor Diego le trajo a ella su picadillo dentro del pan que le habían dado (eso quiere decir el plato fuerte y el “relleno” principal, es decir el pan). Ella se moría de la pena porque no eran personas tan cercanas y ella no se lo comentó con esa intención, pero él insistió. Narro esta anécdota porque refleja muy bien su carácter desprendido con cualquier persona. Diego siempre estaba dispuesto a deshacerse de cualquier cosa suya para darla a quien la necesitara.

Diego leía, hablaba y escribía en ruso con una gramática muy buena, inusual para los cubanos que estudian en el extranjero, que a duras penas aprendían lo mínimo para hacerse entender, mucho más inusual para estudiantes de nivel medio en carreras técnicas. Era versado en literatura y poesía rusas. A pesar de que cuando estuvimos en Nalchik hacía alrededor de 20 años de sus estudios en Rusia, Diego conservaba intactos sus conocimientos de idioma ruso. Diego tenía problemas de dicción (en español, igual en ruso) pero se hacía entender muy bien tanto en español como en ruso. Núñez solía decir que Diego hablaba como Cantinflas porque a ratos no se le entendía muy bien lo que decía. Varona me comenta acertadamente que Diego decía las S silbantes.

Diego era una persona muy distraída (otra cualidad en común con su sucesor Leonardo), cuando conversaba de algo, se enfrascaba tanto en lo que decía (o pensaba) que se abstraía de la realidad circundante, de una forma tal, que sus movimientos del cuerpo y de las manos no estaban bajo el control de su cerebro. Era muy difícil hacer que Diego saliera de una conversación (especialmente si discutía sobre algo), y se concentrara en otro tema. Cuando creías que lo habías logrado, retornaba con algún comentario del tema anterior que había seguido “procesando”. Una vez viajó en Camagüey en taxi hasta el Centro Meteorológico Provincial y olvidó en el asiento trasero del taxi su hermoso y bien cuidado juego de herramientas Hozan. Cuando se dio cuenta tuvo que desplegar todo un operativo para recuperarlo.

Cuando estábamos en Nalchik, muchas veces llegábamos a su habitación a recogerlo porque solo faltaba él para salir para el Instituto. Ya vestido y listo para salir, en ese último instante, se miraba al espejo, y cambiaba de opinión sobre su vestuario y se ponía a elegir otra ropa y a vestirse lenta y meticulosamente. Sí, Diego era atildado y muy cuidadoso con su forma de vestir, a lo que dedicaba un tiempo excesivo para la desesperación de los que teníamos que esperarlo; pero que tenía un excelente resultado a juzgar por la aceptación de su público femenino. Cuando compramos la ropa de invierno en Moscú (con el dinero que nos dieron a estos efectos), como terminé rápido, lo acompañé a terminar sus compras. Por poco infarto, Diego se probó cerca de 60 sombreros, y a pesar de que yo le di la aprobación desde el primero, el siguió probándose los otros 59 (bueno, mis amables lectores saben que soy exagerado, tal vez fueran solo 30 sombreros). Así sucedió con cada prenda de ropa que se compró. Nada, Diego era así, lento y meticuloso para todo.

Como especialista Diego era uno de los grandes que hemos tenido en Cuba. Tenía conocimientos de radar teóricos y prácticos muy sólidos. Habiendo recibido los radares japoneses desde su “nacimiento”, Diego los conocía muy bien. Los RC-32B constituían para Diego el Non Plus Ultra de los radares. Al aparecer los radares MRL-5, pues, era lógico que él cuestionara todo desde el punto de vista de los radares que él conocía muy bien. Ese era el motivo de nuestras interminables discusiones técnicas, porque yo estaba justamente en el extremo opuesto: yo recibí el MRL-5 desde su “nacimiento” y todo lo veía desde ese prisma. Solo con el paso de los años, la vida nos fue enseñando qué era lo mejor de cada uno de los radares, y en el prototipo de radar cubano ya colocamos las mejores soluciones técnicas y las mejores ideas. Diego no alcanzó a ver el radar MRL-5M, es decir el prototipo de radar automático modernizado que luego extendimos a todos los radares. Diego falleció 23 días antes de que la Dra. Rosa Elena Simeón inaugurara el 3 de abril de 1997 el nuevo radar de Camagüey. Sin embargo, muchas de las ideas y soluciones que implementamos allí fueron sugeridas por Diego. Su muerte, con apenas 48 años, fue un duro golpe para los radares meteorológicos en Cuba.

No sé exactamente cuándo enfermó Diego, debe haber sido a finales de 1994. Él mismo me contaba que fue a una clase de kárate de su hijo Javier, pidieron un padre que se brindara para una demostración y Diego lanzó una patada que le produjo dolor, y varios días después un moretón que no desaparecía, luego…el largo proceso de la enfermedad. La última gran hazaña de Diego fue traernos en 1994, el radar MRL-5, que estaba en los almacenes de la SEAN en Pedro Pi, hasta Camagüey, proeza que narró mi amigo Pedro Bebert cuando le presté mi blog.

Diego estuvo a cargo de la instalación del radar de Casa Blanca en 1986, del de Pilón en 1987 y del de Pico San Juan en 1989, y eso se dice simple, pero cada uno de ellos fue una epopeya singular. Cada una de esas instalaciones contó con las gestiones de Diego para resolver los infinitos problemas que entorpecieron estos trabajos.

Dos anécdotas reflejan la singular personalidad de Diego. Aldo, técnico de Casa Blanca, que estuvo con nosotros en Nalchik, me contó que la primera vez que subieron al Pico fue en un camión medio destartalado. Al bajar llovía duro y el camino estaba muy resbaloso, en el tramo de pendiente más empinada, todos se bajaron del camión y caminaron. Solo Diego y el chofer bajaron montados. Aldo me decía—yo, prudentemente, que no es que tuviera miedo, me bajé, porque alguien debía hacer el cuento de cómo se despeñó Diego. Otra anécdota que me contaron los pilonenses, también relacionada con un descenso peligroso, fue que una vez bajaban de la Loma del Mamey (en Pilón) en una camioneta, al carro se le desconectó la caja de velocidad (ya se sabe que con el freno no se puede detener un vehículo en una bajada pronunciada), el chofer abrió su puerta y se lanzó de la camioneta, y Diego, que iba en el asiento del acompañante y que nunca aprendió a manejar, timoneó con tremenda sangre fría hasta que el carro se detuvo chocando contra el farallón y no despeñándose por el lado del barranco, como habría sucedido si él no hubiese actuado.

Sí, Diego era de los que no le tiene miedo a nada ni a nadie, ni siquiera a los jefes. Defendía sus criterios sin vacilación, y decía su opinión en cualquier escenario sin tapujos, eso sí, con moderación y respeto. Cuentan que una vez discutió con el mismísimo Capitán Antonio Núñez Jiménez, a la sazón Presidente de la Academia de Ciencias de Cuba, y enfrentó sin miedo un criterio equivocado de Núñez Jiménez…y salió airoso, porque tenía razón. El mismo me lo contó, pero lamentablemente olvidé los detalles del asunto.

Diego viajó como especialista en RC-32B a hacer reparaciones en los radares de ese tipo en Barbados y Jamaica, en los que dejó una opinión muy favorable que años después personas de esos países me comentaron. Al enfermar y posteriormente morir Diego, nadie en Casa Blanca llenó ese vacío. El puesto de Ingeniero Principal de Radares (que es honorífico, no existe en la plantilla, es solo la autoridad moral que solo se gana con la dedicación y entrega al trabajo) quedó vacío hasta que el mostro Leonardo-Ichi lo ocupó por derecho propio, aún mucho antes de que oficialmente surgiera el Centro de Radares.

La última vez que nos vimos Diego y yo, debe haber sido en 1995 o 1996, fui a su casa y nos vimos en una cafetería “Rápido”, cerca de allí, a él le quedaban unos dólares, que insistí que no gastara en eso (estábamos aún en los años duros del periodo especial y su enfermedad requería alimentación especial) pero me dijo—“para lo que me queda en el convento…me c*g* dentro” … y nos tomamos unas cervezas. A pesar del tétrico comentario anterior, conversamos largamente de asuntos técnicos y mostraba tremendo entusiasmo por todas las cosas de los radares, como si se fuera a incorporar al trabajo muy pronto.

En el año 2013, Maroto y yo tuvimos la enorme satisfacción de ayudar a su hijo Javier en su tesis de ingeniero en automática, graduado, igual que su padre, en la CUJAE.

Aún me queda por implementar un par de excelentes ideas que Diego me dejó, espero llevarlas a la práctica antes de que me llegue el fin de mi vida laboral, como homenaje a Diego.

Escribo esto para que la memoria de Diego se mantenga viva eternamente, por su espíritu abnegado, sus sacrificios por la causa, y su enorme contribución a los radares meteorológicos en Cuba.

Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
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Una respuesta a Los «monstruos» que ya no están: Diego

  1. Gonzalo Linares dijo:

    Hola Orlando, como está. Ayer leí el correo que usted hizo recordando a Diego y la verdad que me pareció muy generoso xq en estos tiempos vivimos una vida muy agitada y desgraciadamente cuando alguien muere al poco tiempo ya casi nadie lo recuerda y es una pena xq son personas q han dedicado parte de sus vidas a nuestra institución.
    En el caso particular de Diego tuve el privilegio de conocerlo y trabajar con él, fue el primero
    que me ayudó cuando comencé en el año 90. Como usted dice era una persona especial
    Al principio yo no tenía confianza con él y a veces nos amanecía tratando de encontrar una avería, yo trataba de aprender y además me daba pena decirle de ir a dormir cuando el siendo el maestro y mucho mayor q yo estaba tratando de encontrar la avería.
    Pero ya después tenía más confianza y le decía mira Diego la experiencia me a demostrado q si usted está tratando de encontrar una avería y son las 2 de la mañana y no tiene al menos un indicio (claro esto es el caso de no estar bajo amenaza de algún fenómeno meteorológico complejo) lo mejor es dormir unas horas y después usted se levanta con la mente más clara, de lo contrario te desgastas y estas sin dormir toda la noche te acuestas a las 6 de la mañana y después aunque duermas 5 o 6 horas no te recuperas y te pasas el día con sueño En una casión estábamos buscando una avería q recuerdo que era el transformador de impulso q tenía abierto el enrolladlo de caldeo del filamento del magnetrón y bajamos de la torre con el sol afuera; Como
    usted decía Diego tenía una calma fuera de lo común y esa madrugada ya yo no podía mas pero él seguía tratando de encontrar la avería y yo no me atrevía decirle de bajar a dormir unas horas y Diego se pone a ver un esquema de un circuito del Tx y yo pienso q está analizando y cuando me percato estaba dormido como una piedra pero al rato se despertó y siguió y hasta q
    no encontró la avería no bajamos.
    El tenías sus teorías, recuerdo q como él no tomaba leche decía q la leche no era necesaria xq el único animal adulto que tomaba leche era el hombre y yo le decía Diego los demás animales mamíferos no la toman después de adultos xq no tienen la posibilidad pero si usted le da leche a un perro, a un gato, a un puerco y hasta algunos q no son mamíferos como los pollos se ponen la barriga como un tambor
    Era una persona maravillosa. Yo no tuve la suerte de conocer su familia pero me alegra mucho q usted y Maroto hayan podido ayudar a su hijo en su tesis.
    Tenemos muchas anecdotas de Diego pero en estos momentos estás dos son las que mejor recuerdo

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