Pasión por la Excelencia

A principios de los 80 un amigo me habló con pasión del libro de Tom Peters y Nancy Austin cuyo título es ese (Pasión por la Excelencia). Unos años más tarde ese mismo amigo me regaló un ejemplar que hasta hoy releo a pedazos y a ratos. Cuando viajé a EE.UU. en el año 2000, lo encontré en inglés en la biblioteca y lo releí con placer (A passion for excellence).  El libro narra, con numerosos ejemplos, qué hace diferente a los líderes, a las empresas triunfadoras. Como afirman los autores todo se basa en la atención al hombre, en priorizar el estímulo moral, en que los jefes no se abroguen privilegios, en fin…a adoptar los métodos socialistas en la sociedad capitalista y en encontrar su propio punto de excelencia. Bueno, amables lectores, este libro me ayudó mucho a perfilar mis métodos de dirección para llegar a la excelencia que nos carateriza en los radares meteorológicos, que nos ha llevado a estar entre los 10 primeros del mundo; pero no es de eso de lo que quiero hablar, como casi siempre, divago un poco. En realidad quiero contar una experiencia de excelencia; pero no está relacionada con mi trabajo.

En agosto de 1989 nació mi niña Orlý, hoy doctora en medicina y geriatra (ambos estudios con título de oro, me enorgullece añadir). Mi niña nació con un “soplo” en el corazón. Apenas recién nacida una pediatra la auscultó y de inmediato mandó a buscar un cardiólogo. Vino un residente extranjero y nos dio un panorama nada halagüeño. A los pocos días tuvimos consulta con un especialista, bastante joven en aquel entonces, el Dr. Eddy Pedroso. Después de auscultar cuidadosamente a la niña, nos dibujó en un papel en qué consistía un CIV (Comunicación Inter Ventricular) y las consecuencias inmediatas: insuficiencia cardíaca, y sus posibles derivaciones a posteriori: 1) Se queda así y no llegará a ser una atleta; pero puede vivir con eso, 2) Se cierra solo el huequito (de 3 mm estimó él al auscultarla) porque la sangre al pasar hace como un callo y se va  cerrando y 3) Se va ensanchando y hay que operar. A partir de ahí mi esposa y yo no tuvimos vida. La niña si lloraba tendía a ponerse morada y las uñitas se le ponían azules. Cualquier cosa nos aterrorizaba, como es lógico. Teníamos como una espada de Damocles sobre nosotros.

Decidimos buscar una segunda opinión. Mi esposa, que es de La Habana, se acordó de Merceditas, que hacía un tiempo le había dicho que trabajaba en el Cardiocentro del Hospital Pediatrico William Soler en La Habana, y para allá arrancamos, sin coordinar nada, eran los tiempos en que no era nada facil comunicarse con alguien a quien uno no ve desde hace años. No es como hoy que los amigos están en Facebook a un click de distancia. Encontramos facilmente el hospital y allí buscamos la entrada del cardiocentro.

Aquí comienza la historia de la excelencia. Entramos por un pasillo muy ancho, una mujer limpiaba y estaba mojado de lado a lado. Nos detuvimos en lo seco esperando el conocido grito de NO PASEN. Nada de eso, la mujer, muy amablemente se nos acercó, nos dio los buenos días y nos preguntó que a quién queríamos ver. Le dijimos–a Merceditas–nos dijo–vengan conmigo (dejando allí sus utensilios de limpieza y sí, pasamos SOBRE EL PASILLO MOJADO). Caminando encontramos a una doctora que venía en sentido contrario, a todas luces apurada para dar clases, tizas y borrador en ristre. La doctora, muy amable, le preguntó a la señora de la limpieza, y esta sin titubear le explicó–ellos vienen a ver a Merceditas. La doctora le contestó–yo me encargo de ellos–y girando en redondo nos acompañó. Por el camino la doctora fue preguntando hasta que averiguó que Merceditas estaba a punto de comenzar una operación. La antenta doctora-profesora entró al salón (cambio a ropa estéril por medio) y logró pescar a Merceditas antes de que se iniciara la operación. Salió y nos dijo–vengan conmigo–vamos a ver al Dr. Reyes y nos llevó hasta la puerta del Dr. Reyes, con quién habló brevemente explicándole que eramos de Camagüey y necesitábamos que nos viera a la niña (fíjense, nada de “son unos amigos de Merceditas, ella quiere que le veas a la niña”).

Esperamos un poquito y el Dr. Reyes nos llamó. Auscultó a la niña, y nos llevó personalmente él a que le hicieran varias pruebas, según nos dijo, para que todo se hiciera como él deseaba, y cuyos resultados estuvieron de inmediato. Nos dio el diagnóstico: un CIV de 2.9 mm (recuerden que el Dr. Pedroso nos dijo 3 mm…a puro estetóscopo), y nos repitió el mismo panorama con sus tres posibles desenlaces. Nos dijo–de momento, nada que hacer, solo esperar. Nos acompañó por el camino hacia la salida, pasamos como por un salón de conferencias, entreabrió la puerta y nos señaló para el conferencista: el Dr. Eddy Pedroso. Nos preguntó–¿ustedes no lo vieron a él allá? Es una eminencia, viene aquí a impartir conferencias, y cuando tiene un caso de operación viene él mismo a operar. Apenados le contamos todo, él comprendió nuestra preocupación, y dijo que es normal en esos casos acudir a todo lo que uno pueda. Nos dijo–de todos modos, pueden venir cuando quieran, yo los atiendo con placer, pero Eddy es uno de los mejores, pueden verlo a él con confianza.

Cuando Orlý tenía ya 4 años, en la consulta de Eddy, a la que asistíamos regularmente, un buen día nos dijo– cerró el CIV, ya puede hacer todo normal. La pusimos en el ballet hasta los 7, y de ahí en karate hasta noveno grado, en que no quiso entrar a la prueba para pasar a cinta negra, a pesar de los ruegos del sensei. Y ahora, pues hace vida normal, ni karateca ni bailarina: médico, en una familia donde Mamá, Papá y Hermano Mayor son ingenieros eléctricos. Me ha dado un bella nieta, que crece feliz,  y a Orlý le gusta mucho su especialidad de geriatría. Ahora es ella quien cura a los demás.

Por cosas como estas…#YoVotoSi  Así es Mi Cuba.

 

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Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
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