Ironías del destino: el carrero

Almendrones.

Yo nunca sentí atracción por los carros. Algún tiempo en mi vida, supongo que en 7mo y 8vo grados, por esa época, junto con mi primo Polito y unos amigos, gustábamos de ver los carros que ahora les decimos almendrones y adivinar marca, modelo y año. Todavía logro identificar algunos modelos. Pues hoy sí que no desvarío, voy a hablar de carros…

Así lucía yo en mis años de la Secundaria Básica Mártires de Camagüey, en Cisneros, al lado del Banco y frente al Correo Central de la Plaza de los Trabajadores en la época en que admiraba los almendrones.

Lo que sí nunca me imaginé al volante de un carro. En mis planes no estaba lo de tener un carro, ni siquiera después de graduado. Conozco personas que se esforzaban en la ANIR y en las BTJ porque había antecedentes de que te podías ganar un carro (algunos lo consiguieron). Yo no, nunca hice nada pensando en esa recompensa, muy honestamente se lo cuento a mis amables lectores, nunca he sido de imaginar mi futuro en ningún aspecto, solamente trabajo y me esfuerzo y dejo la vida fluir. Y no es que, como cualquier cubano de a pie, estando en una parada bajo el sol de los 2 de la tarde no me pasara por la cabeza que “qué bueno si ahora mismo me recogiera un carro”. De hecho, uno de mis primeros días recogiendo a mi hijo, de meses de nacido, del “cuido” ahí en Lope Recio, y yendo hacia Garrido, donde yo vivía en ese año, me agarró un tronco de aguacero en la parada de la ruta 4 en San Esteban y Popular y «salvadoramente» pasó Manuel de Mateo, mi compañero de trabajo, en su Moskvich “cañero” y me llevó hasta la puerta de la casa, que Mateo siempre ha sido un caballero, aunque nunca fue cañero. Mis familiares y allegados no se cansaban de decirme que, en ese polvoriento y sucio taller, donde habían encallado tres obreros calificados antes que yo llegara (Dimitri, Pulido y René Céspedes) , y donde yo había escogido trabajar (lea cómo llegué ahí) “no te van a dar nunca ná”, cosa con la que yo coincidía plenamente; pero a pesar de todo, el trabajo me gustó y me sentí extrañamente atado a él desde el primer día. Lo que pasa es que el destino es veleidoso y lo que está pa´ti, ni aunque te quites, y lo que no está pa´ti…ni aunque te pongas.

Mi primer día de trabajo, cuando llegué, Mejía, que fue quien me recibió me preguntó –¿Usted es el que viene de la empresa … tal? El Centro había hecho varias acciones para buscar un ingeniero, y yo –no, no, yo soy recién graduado. Pasado un año conocí a ese ingeniero al que estaban esperando (un excelente profesional y gran persona, debo decir, por eso no doy detalles) y me comentó que a él se lo habían propuesto (el trabajo en Meteorología); pero que él no aceptó porque él andaba buscando un lugar donde hubiera perspectiva de que le dieran un carro y por eso se había ido para ese otro lugar donde yo lo conocí. Lamentablemente, nunca le dieron un carro en ese otro lugar que le pareció tan perspectivo, donde ciertamente “daban” carros periódicamente en los años 70 y 80.

Una foto con el lamentablemente desaparecido Fernando Mejía, la persona que me recibió muy amablemente en mi primer día de trabajo en el Centro Meteorológico de Camagüey.

Pues bien, la historia «carrística» comienza aquí. Corría el año 1988, ya ese año habían cristalizado muchos trabajos que veníamos haciendo desde 1981. Yo tenía numerosos trabajos premiados en las BTJ y la ANIR; pero lo más importante, estos trabajos resolvían problemas concretos y estaban implementados en la práctica, tanto así que hoy forman parte de las soluciones técnicas que componen el Radar Meteorológico Cubano. Allá por octubre de 1988, el director del Centro Meteorológico de Camagüey, Braulio Lapinel Pedroso, me fue a buscar a la casa porque el radar estaba roto, un domingo que yo estaba enredado en tareas domésticas. Yo, rezongando y protestando y Braulio muy solidario –te llevo, pero no te puedo esperar, arréglatelas como puedas para regresar (un domingo de los que las ruta 6, hoy rutero 22, se iba a pasear al Parque Japonés). Y a continuación agregó –ya verás, a veces la vida te cambia cuando menos lo esperas (porque ya él SABÍA); pero ciertamente esa filosofía, ese día no me hacía feliz, cuando terminé la reparación tuve que caminar desde el Centro hasta el reparto Lenin (un buen par de kilómetros descampados) para poder agarrar una guagua de la ruta 109 (pongo los números de ruta de aquel entonces, hoy esa es la ruta 19).

El Dr. Braulio Lapinel Pedroso, quien fuera durante muchos años director del Centro Meteorológico de Camagüey. Foto cortesía de su esposa Sabina, que si fuera por Braulio a él jamás nadie lo hubiera retratado nunca.

Un par de semanas después, bien pasada la 1 pm, cuando ya todo el mundo había pasado por el comedor, menos yo, que estaba absorto con un circuito (comiendo m… solía decir Marina la cocinera que se exasperaba por mi demora), viene Eva Mejías, en ese momento secretaria de la sección sindical, y me dice –vamos, que hay un mitin, es rapidito, además, Marina está echando malas palabras porque no has almorzado. Y yo –vayan avanzando, ahorita voy pallá (en claro plan de «déjame tranquilito y hagan lo suyo»). Y Eva –vamos, que te conviene, y yo jodedor –ah sí, me van a dar un “pan de estímulo” (sí, porque a veces te daban un pan de huevos, de aquellos grandes y torcidos, muy ricos, que vendían en la panadería del Parque Agramonte por tiquet de estímulo del sindicato a los buenos trabajadores) y Eva, muy pícara y persuasiva –mejor que eso, créeme, vamos. Entendí que no me dejaría tranquilo y fuimos para el comedor.

Mi querida amiga Eva Mejías Sedeño, quien trabajó muchos años desde su graduación como meteoróloga en el Centro Meteorológico de Camagüey.

Bueno, pues sí era un mitin para decir delante de todos los trabajadores que a Roger Rivero y a mí, se nos había otorgado un carro (uno a cada uno claro) como estímulo por nuestro trabajo como investigadores. Yo realmente ni sabía qué pensar, era totalmente inesperado, de hecho, lo de Roger era esperado, ya se había comentado algo de eso; pero lo mío, pues pensé que era un error, no sé, ni siquiera me emocionó eso. Un par de meses antes había llegado el run-run de que a la delegación de la Academia de Ciencias en Camagüey habían llegado tres carros. Se barajaban tres nombres entre muchas propuestas: Roger, Adelaida, de Ecología y Sistemática y Calveras, el arqueólogo (los tres, huelga decirlo, muy distinguidos y experimentados investigadores). Mucho después me contaron cómo había sido todo. El delegado de la Academia, Rodolfo Falloh Bejerano, envió las tres planillas con las propuestas antes mencionadas y agregó: llénenle a Orlando una hoja con todos los datos de las planillas y mándenla junto a las tres (cuando eso no había escáneres ni nada, las planillas VENÍAN y se llenaban a mano). Lamentablemente, Calveras no fue favorecido (y tampoco todos los otros candidatos propuestos y no seleccionados en la «troika»). Nos otorgaron el carro a Roger, a Adelaida y a mí. Ya en esa época yo era de los locos favoritos de Rosa Elena Simeón, eso explica el por qué funcionó la iniciativa de Falloh.

Para mi gran orgullo, tuve la suerte de acompañar a Roger en varios momentos importantes, nos dieron juntos el carro, la orden Finlay, la orden Lázaro Peña; pero lo más importante, trabajamos juntos y fue una guía y un ejemplo de científico revolucionario para mi.

Después Braulio me comentó y volvió con la filosofía de «verás como te cambia la vida, vas a sentir libertad, se te ocurre una cosa y la haces de inmediato». Yo había oído a Braulio comentando de los difícil que es manejar y que él había días que no deseaba salir en el carro de la casa por el tráfico y cuánto lo atormentaba manejar. Yo sinceramente, nunca he tenido ese problema. Cuando me “dieron” el carro (en realidad vendido, costó 3880 pesos, y a crédito del banco me costó 4200), descubrí que a mí sí me gusta manejar, eso me entretiene y ciertamente, disponer de un carro te da libertad para transportarte, sin importar si está lloviendo o hace sol, si es de día o de noche, si hay mucho tráfico o no, cuando lo estimas conveniente, te mueves. Ciertamente, Braulio tenía razón en lo de la libertad de acción que te confiere tener un carro a tu disposición.

El Moskvich 2140, fabricado en 1987, que llegó a mí el 1 de diciembre de 1988. «Sombra» lo bautizamos, por aquello del jaguar blanco de Jana de la Selva, unos animados de moda en la época.

Ahí no termina la historia, ese año 1988, yo había ganado el Primer Premio en la Exposición Nacional de las BTJ y me habían otorgado la 5ª  distinción Forjador del Futuro, y además me habían inscrito en el Libro de Honor de la UJC. En años anteriores, por menos que eso, a algunos les habían otorgado un Fiat 126 (Polski, no sé por qué, todos eran anaranjados), era lo usual darle ese estímulo a los innovadores destacados. A mí me habían mandado una billetera (sí, vacía) y un diploma; pero eso no me preocupó ni poco ni mucho, yo no tenía aspiraciones de carro, ni de nada.

Polski Fiat 126, como los que daban de premio por las BTJ a los innovadores destacados.

Ya les digo que nunca había pensado en tener un carro y de repente me habían dado el Mosckvich y ciertamente yo estaba muy feliz con él. Tres meses después de tener el carro, ya en 1989, me llaman por teléfono de la dirección nacional de la Academia de Ciencias y me dicen –te dieron un carro por las BTJ. Le dije –sí, estoy muy feliz con mi Mosckvich. Me dice –no, es un Lada 2105. Humm, yo … pues no, ya tengo un carro ¿para qué querría dos? Y el Lada se volatilizó de inmediato.

Valodia y yo en el flamante Moskvich.

Ave María Purísima, ¡que rollo! Los de las BTJ de Camagüey, que si eres bobo, se le hubiera dado a otro innovador; los investigadores de la Academia de Ciencias en Camagüey (incluidos los del Centro) y hasta el delegado, que si le hubiéramos vendido el Moskvich a otro investigador y te hubieras quedado con el Lada; los investigadores del Instituto, un poco más lejanos, pero igual, quejosos por el desperdicio (el del Moskvich), en la sede solo le habían dado a Rubiera ya Fabio en esa ocasión; el mostro Maroto (que siempre ha sido muy respetuoso conmigo) que si serás guanajo, hubieras vendido el Moskvich…En fin, tremendo dilema, traté de desdecir lo que dije en favor de otros, pero del Lada ya no quedaba ni la L. No se pudo hacer nada. En Cuba un carro es una cosa muy seria y nunca se queda suspendido en el aire, siempre aterriza (por culpa de Newton, pienso yo, lo que nunca se sabe en la parcela de quién aterriza), de modo que me quedé muy apenado con todos aquellos que podrían haber sido beneficiados. Unos meses después, ya nacida mi hija Orlý, mandaron un TV a color a mi casa y eso nos hizo felices, el viejo TV Caribe ya era una rotura todos los días.

Continua la historia conque en 1998 ganamos el premio máximo en el XII Fórum Nacional de Ciencia y Técnica (aunque el gran jurado en el último instante nos lo conmutó y fue solo el premio Relevante. Total, al que le dieron la distinción relevante en lugar nuestro…se fue lejos un tiempito después, y el trabajo que hizo…quien sabe en qué campo de caña se está oxidando, bueno; pero eso ya suena a envidia). Me ofrecieron de estímulo una moto Jagua con sidecar, volví a decir que no en favor de mis compañeros, coautores del trabajo, y …volví a pecar de tonto. La moto Jagua se volatilizó. A tres de mis compañeros les dieron moticos Babetta, que de cualquier modo se la iban a dar, es decir que nada cambió en favor de ellos.

Premio máximo del XV Forum: Distinción Relevante (esta vez sí, nadie pudo arrebatárnoslo).

En el año 2006 volvimos a ganar en el XV Fórum Nacional, el premio máximo (Distinción Relevante) y esta vez me ofrecieron de estímulo un Lada 2107 (el tercer carro que me ha llegado). Como a la tercera va la vencida … lo acepté. No se puede ser tonto toda la vida, alguna vez uno tiene que entender las reglas, o como dice el proverbio judío: «Cuando la suerte entra, ¡ofrécele un asiento!» A ver si se queda, digo yo.

Lada 2107 «Colmillo Blanco», lo bautizó mi yerno Víctor, fabricado en el año 2006, lo recibí en junio de 2007.

El tema del otorgamiento de los carros en Cuba ha sido una fuente inagotable de disgustos para muchísimas personas, y fuente de alegría suprema para los pocos afortunados. Conozco personas que se fueron del país por la imposibilidad de que le otorgaran un carro, máxima aspiración de su vida. He escuchado muchas truculentas historias de personas que lo merecían y fueron despojadas injustamente en favor de uno más vivo. Fuera de La Habana, ciertamente, las probabilidades de tener un carro siempre fueron mucho más reducidas. Yo he sido una extraña y afortunada excepción que confirma la regla. Conozco compañeros con muchos más méritos que yo, muy inteligentes, esforzados y dedicados a los cuales nunca le llegó la oportunidad del carro, igual que aquel compañero que iba a entrar al Centro Meteorológico y no lo hizo pensando en que le dieran un carro en otro lugar y nunca se lo dieron. Por otra parte, mantener un carro en Cuba no es un asunto fácil. Muchos profesionales que adquirieron carros (en una muy acertada política de estimular a los profesionales que más se destacaran en su trabajo) tuvieron que venderlos o darlos a otro para que lo explotara y obtuviera dinero de eso, especialmente en el periodo especial y valga la redundancia por lo de especial. Yo, por obstinado, y también como excepción de la regla, a pesar de los trabajos que pasé, nunca lo vendí, ni lo puse a botear.

Nada, ironías del destino…al que no quiere caldo…tres carros, perdón, tres tazas, ya ni sé lo que digo. Pero, por sí o por no, siempre he tratado de ayudar a la suerte trabajando muy duro, como dijo Ray Kroc, fundador del imperio hamburguesero McDonald´s: «La suerte es un dividendo del sudor, cuanto más sudas, más suerte tienes». Nota: A pesar de que disfruto mucho tener carro, siempre he confiado más en el «VedoblePie» que me lleva a todas partes sin gasolina, nada en mi vida nunca ha dependido de un carro.

Visita del presidente Diaz-Canel al Centro de Radares-Centro Meteorológico de Camagüey.

Creo que a mis esforzados monstruos aun le deben la satisfacción vehicular, que muy bien que se la han ganado con un sacrificio extraordinario y una dedicación sin límites a la Patria en el campo de los radares meteorológicos.

Acerca de meteoradar

Ingeniero eléctrico, Doctor en Ciencias Técnicas, Profesor Titular, Director del Centro Nacional de Radares del Instituto de Meteorología de Cuba.
Esta entrada fue publicada en Anécdotas y etiquetada , , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s